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Tras dos años escribiendo en Kennari creo que ya es hora de hablar sobre un tema que veo que es muy común, se trata del miedo y la vergüenza a hablar sobre espiritualidad, temas ocultos o sobrenaturales.

¿Os suena? Seguro que sí, ya que todos en mayor o menor medida nos hemos sentido cohibidos a la hora de explicar que nos gusta el tarot, que llevamos colgada una amatista porque nos ayuda a abrirnos al mundo espiritual o que encendemos una vela para potenciar nuestra energía el día del solsticio de verano. Tenemos miedo de hablar abiertamente de espiritualidad porque todavía existen muchísimos prejuicios respecto a estos temas, prejuicios que, en mi opinión, tienen su razón de ser por la cantidad de charlatanes y timadores que han desprestigiado el mundo espiritual.

Hablar de espiritualidad o temas esotéricos con alguien escéptico o, simplemente, con una persona que nunca se ha planteado indagar en estos temas implica dar una serie de explicaciones que supondrían una conversación de horas y horas para resumir experiencias de años. La espiritualidad cada uno tiene que experimentarla, trabajar día a día, indagar, explorar, leer…  y esto es algo complicado de transmitir ya que la persona que te pregunta no comprende que no haya una respuesta clara, que sea todo tan difuso, no entiende que no hay una meta, sino que la meta es el propio camino que andamos, un camino que implica equívocos, correcciones, frustraciones, pero también logros, aprendizaje y crecimiento.

Por poner un ejemplo sería como tratar de explicar a alguien que jamás hace ejercicio, una persona completamente sedentaria, la satisfacción que implica conseguir una postura avanzada de yoga tras años de práctica, o el subidón energético que se experimenta al acabar una caminata de 50 kilómetros. Alguien que nunca lo ha hecho no lo podrá entender nunca y, seguramente, pensará que somos unos locos por perder el tiempo practicando deporte. Sin embargo el ejercicio diario enriquece nuestra vida de muchas maneras: a nivel emocional, energético y de salud; pero por muchos detalles que le demos a la otra persona, hasta que ésta no lo experimente por sí misma no lo acabará de entender.

Personalmente tratar de explicar con palabras algo que tiene que experimentarse me cuesta mucho, ya que no me gusta convencer a nadie. Más que por una razón de vergüenza es por una razón de economía energética, no voy a gastar tiempo y energía en discutir cuando sé que la otra persona tiene un muro de prejuicios delante. Y eso se nota, tras años de experiencias ya se ve al kilómetro la persona que te pregunta con sana curiosidad y la que te pregunta para iniciar una discusión que no llevará a ningún sitio y acabará en un “no se puede demostrar científicamente”. Cuando detecto a una persona de este segundo grupo ando con pies de plomo, cierro la boca y no doy pie a la conversación.

Puede parecer un poco extremo, pero seguro que muchos de vosotros os habéis visto en situaciones parecidas de tener que explicar por qué meditáis: “¿en serio pierdes 10 minutos de tu preciado tiempo sentado sin hacer nada?” o argumentar por qué tenéis un amuleto protector en la puerta de casa ante la pregunta “¿no me digas que crees en esas supersticiones?”. Contestar a estas preguntas lanzadas con intención de “picarnos” implica entrar en una dinámica que no nos lleva a ningún sitio. Pero una cosa es callar para evitar discutir o para no perder el tiempo, y otra muy diferente es evitar los temas esotéricos porque nos da vergüenza hablar de ellos. Si no estamos preparados para explicar todo lo que hacemos, leemos o practicamos podemos establecer el límite de lo que queremos dar a conocer a según quién, este es un ejercicio sano ya que nos protege sin cerrarnos completamente y sin dar la espalda a lo que hacemos.

Silvia.

 

 

 

 

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