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Sonido, respiración y sincronización cerebral

Todo el universo es vibración, en mayor o menor medida. Es más obvio en las partículas pequeñas y más difícil de ver en los elementos más grandes, como por ejemplo un ser vivo, una montaña o la Tierra. Sin embargo todo, absolutamente todo, está formado por partículas que vibran a diferentes frecuencias.

¿Y qué tenemos a nuestro alcance para hacer vibrar a las partículas que forman nuestro cuerpo? El sonido.

El sonido se ha usado desde la antigüedad como medio para comunicarnos con el mundo espiritual. Los tambores chamánicos, las maracas, los mantras y los cantos gregorianos son los ejemplos más claros que nos han llegado hasta la actualidad. Sonidos espirituales que por sí mismos hacían vibrar el alma, pero lo hacían mucho más dependiendo del lugar donde sonaran. Y es que las cavernas y los templos construidos siguiendo unos parámetros específicos hacían que el sonido y sus propiedades se magnificaran, favoreciendo la elevación del alma y la comunicación con el mundo espiritual.

Una de las razones por las que estos sonidos nos resultan tan benéficos quizás resida en su capacidad para sincronizar el cerebro, acelerando procesos que se dan de forma natural cada noche antes de dormir. Y es que cuencos tibetanos, el ritmo monótono del tambor chamánico y los cantos gregorianos hacen que nuestro cerebro alcance un estado en el que predominan las ondas Theta, cuya frecuencia oscila entre los 3,5 y 7,5 herzios. Esta frecuencia se alcanza de manera natural durante las primeras etapas del sueño y en meditaciones profundas, y favorece la concentración, la calma y los estados de lucidez mental.

¿Pero cómo funciona esta sincronización? Por un principio que se llama resonancia simpática mediante el cuál un instrumento mudo responderá indirectamente ante una vibración que le llegue de otro instrumento que comparta afinidad armónica. Parece ser que el cerebro humano funcionaría de la misma manera cuando escucha un sonido concreto, sincronizándose con las ondas que está percibiendo. El estado que alcance nuestro cerebro dependerá del tipo de sonido que estemos escuchando, no será lo mismo un sonido agradable que uno desagradable, por ello hemos de cuidar muy bien lo que entra por nuestros oídos ya que afecta directamente a nuestra mente y nuestro estado de ánimo. Este principio es básico para entender por qué determinados sonidos hacen que nos relajemos, podamos meditar o podamos acceder a un estado alterado de conciencia que nos permita contactar con el mundo espiritual. Aquí os dejo un vídeo en el que se puede ver el funcionamiento de la resonancia simpática.

Las ondas cerebrales se acoplan a la frecuencia que están escuchando, al igual que un instrumento desincronizado se sincroniza automáticamente cuando suena un sonido afinado. Por ello es muy recomendable a la hora de meditar hacerlo con instrumentos milenarios que se han usado desde la antigüedad para tales fines, ya que encierran una clave para la elevación espiritual que puede que tenga que ver con el principio de resonancia simpática.

Tras esta explicación ya sabemos que determinados sonidos sirven para sincronizar nuestro cerebro a una determinada frecuencia, pero aún hay algo más: la respiración. Hace unas semanas probé un pranayama (respiración yógica) cuya razón de ser era precisamente la sincronización de los hemisferios cerebrales mediante la respiración alternativa del orificio izquiero y derecho de la nariz. Este ejercicio de respiración implica el control de las inspiraciones y las espiraciones, retenciones y cierto grado de concentración para no equivocarnos de lado. El resultado tras este pranayama es una sensación de claridad mental y concentración que ayuda muchísimo para los posteriores ejercicios, ya sea una meditación normal, un viaje chamánico o, incluso, tener sueños lúcidos.

Y si mientras realizamos este pranayama escuchamos un cuenco tibetano el resultado es espectacular, lo digo por experiencia, así que si tenéis la oportunidad de incluir pranayamas mientras escucháis el sonido del cuenco tibetano os animo a probarlo.

Silvia.

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