En varias ocasiones hemos hablado de cómo las personas con empatía psíquica pueden tener más facilidad a la hora de ayudar a los demás debido a su capacidad de captar los sentimientos ajenos. Pues bien, hoy quiero hablar de todo lo contrario: este post va dedicado a todos aquellos que no sois empáticos psíquicos,  a todos los que os sentís como uno más del montón, porque podéis ayudar mucho pero vuestro miedo os lo impide.

Tal vez os preguntéis ¿a qué viene todo esto? Dejadme que os cuente lo que me ocurrió hace unos días para que podáis entender dónde reside vuestro miedo y qué os está impidiendo hacer. Por culpa de la gripe acabé en urgencias esperando a que me dieran la baja laboral… Mientras esperaba apareció una chica joven acompañada de una enfermera. Era primera hora de la mañana y la chica vestía ropa de fiesta, y se la veía bastante alterada, por lo que era fácil deducir que había sido víctima de algún tipo de agresión.

La enfermera además le dijo que si necesitaba algo sólo tenía que avisar, y que en seguida la atenderían. Ese trato deferente confirmó mis sospechas de que a esa chica le había pasado algo fuera de lo habitual. Estaba sola, se sentó donde la enfermera le dijo y a continuación empezó a llorar. Y aquí es donde quería llegar…

No hacia falta tener empatía psíquica, ni ser vidente ni tener superpoderes para darse cuenta de que esa chica estaba sufriendo y asustada. Toda la sala de urgencias lo estaba viendo en directo, ¿y qué hacía la gente? Todo el mundo miraba para otro lado. ¿Lo hacían por que les importaba un pepino la chica? ¿Por qué hemos perdido nuestra capacidad de empatía? No, lo hacían por miedo a acercarse y hacer el ridículo. Por miedo a ser rechazados. Y yo me pregunto ¿en qué punto perdimos algo tan básico cómo el ayudarnos entre nosotros?

Nos apuntamos a yoga, a meditación, llevamos una vida sana, hablamos de espiritualidad, de desarrollo personal… ¿Y no somos capaces de reaccionar ante el sufrimiento de una persona que está delante nuestro? La espiritualidad empieza por ser conscientes de que todo está conectado. Si estoy ahí, y veo eso, lo mínimo que puedo hacer es superar mi miedo y ofrecer ayuda. Descubriréis que la mayoría de las veces un gesto amable tiene mayor recompensa y nos hace sentirnos mejor que mil meditaciones. Alguien dijo una vez que la felicidad consiste simplemente en ayudar, y no iba mal desencaminado.

Por si queréis saber cómo acaba la historia… Tras esperar unos momentos a ver si alguien se acercaba, me levanté de mi asiento, me acerqué a la chica y con mi mejor sonrisa le ofrecí un kleenex. Aquí tengo que reconocer que soy perro viejo, se perfectamente que si me siento directamente a su lado, o si le pregunto de forma directa lo más probable es que se cierre en banda (me ha pasado otras veces). Pero al coger el kleenex y devolverme la sonrisa vi que estaba receptiva, y entonces es cuando me senté a su lado y le pregunté si necesitaba alguna cosa. A partir de ahí me contó que la habían atracado y la habían golpeado, me dio las gracias, lloró un poquito en mis brazos, le invité a una botella de agua y charlamos hasta que entró en la consulta. Por supuesto no sin antes darme un gran abrazo de despedida y decirme una vez más que la había ayudado muchísimo, porque estaba sola y asustada, pero había hecho que se sintiese mejor.

No hace falta ser especial para hacer cosas cómo esta, sólo tener la voluntad de ayudar (que me consta que much@s la tenéis), y el valor de vencer vuestro miedo al ridículo, timidez… Por eso, la próxima vez que os veáis en medio de una situación en la que alguien necesita ayuda os animo a que penséis: tal vez el universo me haya traído hasta aquí para hacer algo, voy a preguntar si puedo ayudar. Y generalmente no es mucho: escuchar, llamar a emergencias, hacer compañía mientras llega la ambulancia o la policía… Todos podemos marcar la diferencia, todos podemos hacer de este un mundo mejor, sólo hay que aparcar por un breve instante nuestras inseguridades.

Un abrazo de todo corazón..

Isabel.

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