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Nos están robando la espiritualidad

Hace unas semanas escuché una reflexión de una persona que hizo que en mi cabeza algo hiciera «clic». Esa persona estaba hablando de cómo poco a poco, sin darnos cuenta, el sistema capitalista de consumo desenfrenado estaba alejándonos de la espiritualidad real, aquella que nos enraíza con la Tierra. Esa persona contó una anécdota que puede parecer muy tonta pero que ejemplifica el absurdo al que estamos llegando.

Esa persona contaba que cuando era pequeño recordaba que en las iglesias echabas una moneda y comprabas una vela de verdad para encenderla y recordar a tus difuntos o pedir bendiciones. Al cabo del tiempo vio que este sistema se había cambiado por otro totalmente electrónico, metías la moneda y se encendía una bombillita con forma de vela. No le dio importancia a este cambio hasta que una persona que venía de otro país le preguntó que por qué diablos se encendían bombillas en vez de velas. No supo qué responder, pero esta persona entendió algo con esa reflexión, al igual que yo entendí algo al escuchar este relato: nos están robando la espiritualidad delante de nuestras narices y no nos estamos dando cuenta.

Y hay más pistas de este robo de espiritualidad y se manifiesta cuando queremos visitar un lugar de poder.

Antes de nada y para que nadie diga que este blog es católico, apostólico y romano, vamos a aclarar algo. Un lugar de poder es un enclave que desde hace milenios ha sido venerado por sus habitantes, conocedores de la magia y poder del lugar, y que a través de los siglos ese punto ha ido mutando sus ropajes, pero sin perder la esencia de lugar telúrico y energético. Digo esto porque en España y la mayor parte del mundo occidental católico, estos lugares de poder tienen encima una ermita románica o catedral gótica, pero eso no quiere decir que ese lugar de poder sea cristiano, sino que siglos atrás esa religión se apropió del lugar para ganarse a los habitantes. Hoy en día se sigue peregrinando a esos lugares de poder y la gente sabe que son muy especiales, independientemente de la religión.

Y aquí está el «quid» de la cuestión: «apropiarse». Hasta hace poco se podía entrar en estas catedrales y ermitas enclavadas en un lugar de poder sin pagar un duro, pero de unos años a esta parte, eso es imposible y cualquier persona tiene que pagar el impuesto revolucionario para poder acceder al lugar sagrado. Otro robo a mano armada. No es que 10 euros, por poner un ejemplo, sean una suma desorbitada, lo que me indigna es el hecho de que se ponga precio a la entrada en un lugar que durante siglos o, incluso, milenios ha sido una zona directamente conectada con el mundo espiritual. Esa monetización pervierte el lugar y su esencia, por mucho que se diga que es para regular el acceso y que no se masifique, o que es dinero que va directo a la conservación del patrimonio.

La única manera de entrar en estas catedrales o iglesias sin pagar es cuando están realizando el oficio religioso, pero si no eres cristiano, no le veo el sentido sentarse en un banco y contemplar un sermón con el que no te sientes identificado. Así que pocas opciones le quedan a una persona que quiera conectar con las energías de ese espacio sagrado, o entra con la marabunta de turistas, o entra mientras se realiza la misa.

Pero el pago de entrada a un lugar sagrado es el menor de los problemas. Hoy en día la espiritualidad, entendida como conexión con lo sagrado (saltándonos el protocolo de las religiones) está en vías de extinción por la supremacía de la materia.

En la antigüedad el alma inmortal era algo de lo que se tenía certeza absoluta, las personas, da igual las creencias, sabían que existía otra realidad, una realidad espiritual, y obraban en consecuencia. Los rituales para honrar a los ancestros, los ritos de fertilidad, la sacralidad de determinados alimentos… Todo tenía un velo de espiritualidad que mantenía el contacto del ser humano con el otro lado. El hombre estaba a merced de energías superiores, se sentía humilde ante lo desconocido. Sin embargo poco a poco esa humildad se ha ido perdiendo, el Siglo de las Luces cortó de un tijeretazo con la trascendencia y hoy, en el siglo XXI, está herida de muerte.

No nacemos con alma, sino con la posibilidad de desarrollarla.

Esta cita extraída del libro Shangri-la de Fernando Sánchez Dragó nos da una idea de la magnitud del problema. Hoy en día la sociedad de consumo y estrés en la que vivimos está orientada a ofrecernos estímulos pasajeros, felicidad de compra-venta, a hacer que la concentración se haya convertido en una tortura, a inculcarnos que una buena apariencia es lo máximo a lo que podemos aspirar. Con tanto estímulo, ¿cómo vamos a «gastar» tiempo en reflexionar, meditar o pensar? ¿Cómo vamos a dejar de lado nuestro ocio para dedicar un poco de tiempo al cultivo de nuestro espíritu?

Egobody es un término extraño, pues está compuesto de ego, que es el Yo en latín, y body, la palabra anglosajona que designa el cuerpo. Pero no se trata de éste como elemento milenario, sino del nuevo cuerpo fabricado a partir de criterios concebidos en nuestros días. Hasta hace un siglo la identidad estaba vinculada al alma; hoy, por primera vez en la historia de la humanidad, el concepto de identidad está vinculado al cuerpo. Los hombres de hoy consideran que nuestra identidad es nuestro cuerpo.

El Manifiesto, Javier Lorente.

Sobran conclusiones con las dos citas que os he puesto. Con la idolatría del cuerpo estamos perdiendo un tiempo valioso, un tiempo que podríamos estar dedicando al cultivo de nuestra alma, al desarrollo espiritual y a hacer que este crecimiento interior nos ayude en nuestro día a día.

Entre la monetización de los espacios sagrados, la radicalización de las religiones y la cultura del Ego y del consumo, la espiritualidad se ha convertido en una simple anécdota, en una moda solo seguida por algunos frikis de los «temas raros». Esos frikis somos los únicos que mantenemos viva esa conexión con el otro lado.

Silvia.

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