Mabon, el día 22 a 23 de septiembre, es la última festividad, la que nos prepara para el inicio de la oscuridad y sirve de preámbulo para la festividad principal del calendario pagano: Samhain.

Aunque astronómicamente el equinoccio de otoño esté señalado hoy en día en nuestros calendarios y marque claramente una frontera entre una época del año y otra, hemos de aclarar que no hay prácticamente referencias históricas que atestigüen que el equinoccio de otoño fuera una festividad ampliamente celebrada por los pueblos celtas como podría ser Lughnasad, Imbolc, Beltane o Samhain. De hecho el nombre de «Mabon» tienen origen galés y proviene de un personaje de la mitología celta denominado «Mabon fab Modron», pero se asignó este nombre al equinoccio de otoño en época contemporánea con el nacimiento del neopaganismo con la intención de dar un nombre celta a esta festividad.

Pero que no nos deprima el hecho que los antiguos celtas no celebraran por todo lo alto el equinoccio de otoño, para ellos estos días eran días de cosechar los últimos frutos de la tierra antes de la llegada del invierno y de dar las gracias a la Tierra por todos los dones recibidos durante los meses de bonanza.

Se podría decir que es una festividad con doble cara, por un lado es la continuación de la alegría de Lughnasad, pero con un carácter de introspección y melancolía por la época oscura que se avecina y cuyo inicio será marcado por la festividad de Samhain.

Esta es, por lo tanto, una fiesta para el recogimiento, para la meditación, para el autoanálisis y para trabajar con nuestra sombra, esa parte de nosotros que acumula todos los aspectos que no nos gustan. Pero también es un momento perfecto para analizar los logros adquiridos durante el año, logros que nos han fortalecido y que nos ayudarán en los momentos más oscuros, y ya no hablo de la oscuridad que significa el decaimiento del Sol, hablo de los momentos oscuros que todos tenemos y que se pueden manifestar en cualquier época del año.

Para mi el otoño es la época de los olores y las luces, olores a tierra mojada, a humedad, al frío que se acerca, y el juego de luces que hace el sol al empezar a decaer por lo que os propongo un ritual en el que los olores y los colores son la clave para conectar con nuestro ser interior. Para hacerlo os propongo algo tan sencillo y complicado a la vez como pasear por un bosque, montaña o parque de ciudad en los días anteriores, posteriores o los del propio equinoccio. Ya os hemos dicho en más de una ocasión la importancia que tiene el contacto con la naturaleza, así que este día es perfecto para recargarnos con las últimas energías del verano y, a la vez, empezar a sentir cómo cambia la naturaleza con la proximidad del frío. Pasead, oled, mirad el contraste de luces y colores y conectad con el cambio de estación. Es un ejercicio que os puede parecer poco «mágico», pero en esta vida de prisas que llevamos, dedicar una tarde o una mañana a un paseo conectando con la naturaleza es el mejor ejercicio de conexión con la tierra que podemos hacer.

Silvia.

Mabon

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