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Reflexión sobre lo efímero y el desapego

El título del post de hoy tiene una carga profunda y trascendental, pero el ejemplo que os voy a poner, y que viví hace unos días, no es nada místico. Primera lección aprendida: cualquier evento cotidiano puede servirnos como lección de vida.

Antes de entrar en materia os quiero hablar de una práctica que llevan a cabo los monjes budistas y que cuando escuché hablar de ella hace años me sorprendió, os hablo de los mandalas de arena. Se trata de dibujar complejos mandalas con arena de colores (parecido a lo que hacíamos de pequeños llenando tarros con tizas de colorines) y que forman figuras espectaculares. ¿Sabéis qué hacen los monjes al acabar el diseño? Guardarlo para la posteridad no… El budismo hace hincapié en enseñarnos lo efímera que es la vida, la fugacidad del tiempo, por ello el mandala de arena en cuanto se termina de hacer se destruye. Todas las horas invertidas en el diseño -a veces días- acaban reducidas en cuestión de segundos a una amalgama de arena multicolor que se reparte entre la gente para difundir su poder curativo y otra parte acaba en el agua para que dicho poder se reparta por el mundo.

Si sois de Barcelona podéis ver lo complejo de estos mandalas de arena en la Casa Tibet, allí se conesrva a modo de ejemplo uno de estos diseños.

Bien, el otro día yo destruí sin quererlo un “mandala de arena”. Resulta que quise hacer un organizador de tareas de cristal, cada semana de un color, con diferentes módulos. Todo ello requería dividir el cristal con cintas, pintar cada cuadrante, dejar secar, quitar las cintas con cuidado, repasar los errores y volver a montarlo todo. La tarea no era complicada, pero sí laboriosa y me llevó unas cuantas horas entre preparar, pintar y dejar secar. Cuando acabé, comprobé que la pintura saltaba y tuve que repetir algunas filas, lo cual implicaba rascar la pintura, volver a poner las cintas, pintar y dejar secar… Lo cual me llevó otra hora de trabajo extra. Para cuando había acabado, giré el cristal, lo monté en el marco y me quedó una pestaña trabada… Al presionar ligeramente contra el marco escuché un ligero clic, el sonido del cristal rajado irremediablemente.

¿Qué hice? Nada, ni ira, ni frustración, ni depresión, nada. Recogí las pinturas, coloqué el cristal en un lugar seguro para no cortarme y reflexioné sobre este episodio, lo cual hizo que recordara los mandalas de arena tibetanos. Lo más curioso del caso es que horas antes de montar el marco había visto uno de estos mandalas, pero no había pensado en la profundidad de sus enseñanzas, fue al romperse el cristal cuando el diseño volvío a mi cerebro y toda su enseñanza se materializó.

Todas las horas invertidas en el trabajo no fueron en vano, aprendí que el trabajo manual ayuda a centrar la mente, como una especie de meditación. También aprendí que soy capaz de controlar la ira, ya que en otras circunstancias me habría enfadado muchísimo por haber roto el proyecto nada más acabarlo, pero en esta ocasión no, ya que supe nada más destrozar el cristal que podía tomármelo de dos maneras: o enfadarme muchísimo y no solucionar nada, o tomármelo con filosofía, extraer una moraleja del asunto y seguir con mis cosas.

Silvia

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