La desconexión para reconectar

¿Cuántas veces miramos el móvil a lo largo del día? ¿Cuántas de esas veces estamos haciendo otra tarea que se ve interrumpida por el sonido del teléfono reclamando nuestra atención? ¿Cuántos minutos al día dedicamos a la práctica de relajarnos y no preocuparnos por nada?

Muchas. Muchas. Ninguno.

Estas tres palabras seguramente son las que la mayoría habéis dicho mentalmente para contestar a las tres preguntas que planteo, preguntas que ejemplifican muy bien la dinámica de vida actual llena de estrés.

El mundo moderno reclama constantemente nuestra atención: redes sociales, móvil, televisión a la carta, amigos, familia, trabajo… Tenemos la acuciante necesidad de estar ocupados todas las horas en las que estamos despiertos y ello nos crea un estado de estrés constante, de sensación de vivir siempre en el futuro. No queremos “perder el tiempo”, queremos estar haciendo cosas constantemente, ¿por qué? ¿Porque realmente queremos hacerlas por una necesidad de auto realización o porque la sociedad nos arrastra a ello?

Si no nos unimos a la corriente seremos los raros, los antisociales. Si pensáis que exagero haced un experimento: durante un día dejad apagado el móvil, al día siguiente encendedlo y veréis la cantidad de wasaps que tenéis y de la gente que os ha dado un toque de atención por no haberles contestado. Puede que me equivoque y no sea así, pero seguro que durante ese día habréis sufrido un poquito de agobio o ansiedad por estar desconectados.

Después de decir todo esto pensaréis que este post no tiene nada que ver con el desarrollo personal o la espiritualidad, pero lo creáis o no, la desconexión es la piedra angular para poder desarrollar nuestro trabajo interior.

Ascetas, místicos, chamanes… Todos ellos tienen algo en común: la desconexión para poder conectar con el mundo espiritual.

En la antigüedad esta desconexión o aislamiento era relativamente fácil, caminar unos kilómetros bosque adentro hasta encontrar un pequeño cerro aislado, una cueva oculta, un riachuelo tranquilo, una playa o, incluso, la soledad de una iglesia. Ahora aislarse es una tarea titánica, hay ruidos y estímulos por doquier. Empezando por nuestra propia casa y ya no digamos si salimos a la calle. Incluso encontrar la calma en la naturaleza es complicadísimo, ya que los entornos naturales están masificados.

¿La búsqueda interior está esclavizada a la búsqueda de un entorno exterior idóneo para poder aislarnos? Evidentemente no. El trabajo interior en un entorno natural ayuda muchísimo, pero no será la solución a nuestros problemas. Para desconectar del mundanal ruido tenemos que empezar por algo tan sencillo como apagar el teléfono móvil cuando queremos disfrutar de tiempo de calidad con nosotros mismos, ya sea para tareas de crecimiento personal o para una tarea mundana como leer un libro. La pérdida de concentración es el mal de nuestro tiempo y nos roba energía mental, energía que podríamos focalizar para cualquier tarea y que estamos desperdiciando.

 La quietud, la calma, el silencio, la tranquilidad, el hacer las cosas poco a poco y sin prisas… Todos estos conceptos se han convertido en un anacronismo, poco más o menos como escribir una carta o llamar desde una cabina telefónica. La inmediatez se ha tragado por completo el valor de la espera, lo queremos todo “ahora” y ese ansia nos impide disfrutar del momento. Ser conscientes de este problema es el primer paso para tomar medidas. ¿Cómo? Ya lo he dicho antes, lo primero es alejarnos del móvil, una herramienta muy útil, pero que tiene sus peligros. Lo segundo es dedicar a cada tarea nuestra energía y tiempo, sin pensar en lo siguiente que tenemos que hacer. Esto, ya os digo, es válido tanto para tareas mundanas como para la meditación o el viaje chamánico. No pocas veces me he puesto los cascos para hacer el viaje y literalmente no he podido porque mi cerebro estaba agobiado con todas las tareas que tenía que hacer, tareas que, si no hacía tampoco pasaba absolutamente nada.

Y aquí está la clave: saber poner las cosas en perspectiva, priorizar, reducir tareas y no abarcar más de lo que podemos. Cuando empecemos a practicar esta sana costumbre veremos como las horas del día empiezan a cundir.

Silvia.

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