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Todos volvemos al trabajo, ya se han acabado las vacaciones de verano, la única época del año en la que somos un poquito libres. La vuelta a la rutina se siente estos días como una verdadera losa y no son simples recursos literarios o frases hechas, si analizamos los sentimientos que tenemos tras la vuelta al trabajo descubrimos que estamos a años luz de la felicidad, esa felicidad y libertad que hemos catado ligeramente en vacaciones. Ahora volvemos a la cruda realidad: somos esclavos del tiempo.

Suena triste esta introducción, pero todos hemos de hacer análisis de conciencia para no cerrar los ojos a la realidad, una realidad cruda que cada vez nos roba más tiempo, tiempo de calidad con la familia, los amigos y con nosotros mismos.

Los horarios laborales cada vez están más liberalizados, ya no hay distinción entre la semana laboral de lunes a viernes y los descansos de “toda la vida”. Son afortunados aquellos que pueden disfrutar del sábado y el domingo completos e, incluso, de los festivos. Son afortunados aquellos que tienen un horario de oficina de 8h a 17h. Lo normal en estos días de precariedad laboral es que los horarios se hayan diversificado, ahora lo normal es tener un solo día de fiesta a la semana, trabajar los fines de semana, los festivos e, incluso, se ha normalizado el turno de noche que hace décadas que dejó de ser un turno reservado solo para las emergencias, ahora este turno se ha normalizado en aras de la productividad.

Puede parecer, a priori, que tener un horario laboral anormal no tiene influencia en nuestra vida, pero sí la tiene. La diversificación de horarios hace que cada vez sea más complicado conciliar la vida laboral con la familia y los amigos, y esto nos aísla, haciendo que busquemos entretenimientos individualistas ya que nos es imposible socializar con nuestro entorno cercano. Haced análisis ¿os cuesta quedar con la gente? Y no me refiero a la dificultad de quedar con ese amigo que siempre tiene mil cosas que hacer, me refiero a la complicación de buscar días para poder pasar rato con un grupo de amigos. Ya nadie puede hacerlo porque todos tenemos horarios imposibles y cuando disponemos de un hueco, tenemos tal cantidad de tareas y compromisos acumulados que hemos de priorizar.

Hace décadas el descanso dominical era sagrado, literalmente, pero actualmente con la laicidad de la sociedad ese descanso divino ya no tiene sentido. No estoy defendiendo la religión, pero lo que digo es que ese día de descanso tenía su razón de ser y solo la podemos entender cuando ya no tenemos la suerte de disponer de ese día de descanso. Lo mismo ocurre con los festivos, cada vez más empresas abren esos días, incluso en Navidad, hace décadas trabajar este día era impensable, ya que estaba reservado para la familia y las celebraciones. Ahora eso ya no importa, en una época en la que las prioridades han cambiado y se da más peso al consumo que a las relaciones personales.

Todo esto suena muy deprimente, pero hasta que no nos paramos a hacer análisis no nos damos cuenta de que el agua está hirviendo y nos vamos a quemar. Hago referencia a la parábola de la rana en la cazuela. Una rana saltará de una olla de agua hirviendo, pero si metemos a la rana con el agua fría y la vamos calentando paulatinamente no se dará cuenta de que el agua está muy caliente hasta que sea tarde. Vivimos en una época en la que poco a poco nos han ido cambiando las rutinas, nos han recortado derechos laborales y nos han metido en la cabeza la idea de que hay que trabajar, independientemente de las condiciones. Debemos seguir lubricando la maquinaria del sistema con nuestra sangre aunque ello nos cueste nuestra salud.

Lo triste del asunto es que es muy difícil salir de esta rueda, ya que cada vez son menos las empresas que se preocupan por el bienestar de sus empleados y son conscientes de la importancia de tener unos horarios normalizados. Ahora lo normal es el “todo vale”, pero los culpables no solo son las empresas, sino que nosotros tenemos gran parte de culpa por las decisiones comerciales que tomamos. Me hace mucha gracia cuando entramos en una tienda abierta a deshoras y le decimos a la dependienta “si que estáis abiertos hasta tarde, pobres”, en ese momento no nos damos cuenta de que estamos contribuyendo a que esa dependienta tenga que estar ahí, si no entramos, el empresario tendrá que adaptarse a los consumidores que son los que tienen voz y voto.

Muchos diréis que si tomamos ese camino de dejar de consumir en establecimientos con horarios antinaturales lo que haremos será eliminar puestos de trabajo, pero no es así. El empresario se sabrá adaptar y la gente tendrá que seguir comprando, solo que en vez de retrasar las compras y diversificarlas, lo que hará será concentrarlas, como se hacía antes cuando nuestras madres y abuelas iban a comprar al mercado de lunes a viernes o, como mucho, el sábado.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la temática de Kennari? Pues todo, si somos esclavos del tiempo, si no podemos disfrutar de lo que nos gusta, si no podemos interactuar con otros seres humanos, enfermamos. Y no enfermamos de un día para otro, lo hacemos poco a poco, con síntomas incómodos pero que van mermando nuestro humor, algo así como lo que le pasa a la rana del cuento. Una persona enferma crea una sociedad enferma que busca salidas fáciles a su malestar, contribuyendo con ello a la rueda.

¿Cómo salimos de esta dinámica? Las personas que tienen compromisos familiares, hipoteca que pagar, hijos que criar, lo tienen realmente complicado, pero la clave está en no gastar más de lo necesario. Esto es fácil y difícil al mismo tiempo, ya que toda nuestra sociedad está creada para que consumamos, compremos, contratemos productos, paguemos… Frenar esto es difícil, pero se puede hacer poco a poco con pequeñas decisiones, premiando a las empresas que lo hacen bien y castigando negando nuestro dinero a las que lo hacen mal. Si hacemos esto hay esperanza en que las empresas que lo están haciendo realmente mal tanto en materia ecológica como de derechos laborales se vean obligadas a cambiar porque así lo exige la sociedad. El ejemplo perfecto sería lo que ha ocurrido con el aceite de palma, hace poco más de dos años casi todos los productos procesados dulces llevaban este ingrediente, pero los consumidores dejamos de comprar estos productos y las grandes empresas se han visto en la obligación de cambiar el aceite de palma por otros ingredientes.

Lo peor que podemos hacer es pensar que somos demasiado pequeños como para cambiar las cosas.

Silvia.

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