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Caminamos por la tierra ignorando las energías que nos rodean, unas energías y una realidad invisible que hemos olvidado pero que antiguamente los no iniciados intuían, y los iniciados conocían cómo trabajar con esta otra realidad. El equilibrio natural entre mundos era un hecho y se respetaba, el mundo visible necesitaba al invisible y viceversa. Los seres de los dos mundos se ayudaban y convivían, se intercambiaban energías, se respetaba la naturaleza y se rendían los cultos de agradecimiento necesarios para que «el otro lado» supiera que estábamos agradecidos de sus dones invisibles.

En esa época remota  surgieron historias que explicaban la fisionomía de estos seres no visibles al ojo humano, pero que se manifestaban en determinadas épocas del año, cuando las puertas entre mundos se abrían.

Rueda del año

En esas épocas se festejaba el equilibrio y se rendía culto al mundo invisible, como si un país extranjero amigo viniera de visita por unos días, se hacían ofrendas a estos seres para que el equilibrio de energías continuara, sin embargo poco a poco se fue olvidando la capacidad de comunicarnos con los elementales, los espíritus del bosque y los ancestros, se dio importancia a los cinco sentidos y todo lo que estuviera más allá de estos cinco sentidos se fue borrando del recuerdo generación tras generación. Así empezamos a depender únicamente de lo físico de nuestro mundo, ignorando las energías del mundo no visible. Las fiestas para celebrar la comunión con el otro lado, con los seres no visibles quedaron como un recuerdo muy tenue, un recuerdo que solo algunas personas mantuvieron vivo.

El intercambio natural entre mundos quedó herido de muerte, los seres del otro lado no dejaron de ayudarnos, pero nosotros olvidamos cómo ver esa ayuda y dejamos de ayudarles a ellos. Poco a poco estos seres se fueron ocultando más y más, dejaron de manifestarse en las épocas propicias y en los lugares mágicos; solo unos pocos seres humanos con un poquito de sensibilidad a ver lo invisible consiguieron vislumbrar estos seres y pudieron mantener viva su existencia, pero esta existencia se convirtió en leyenda, ya que los pocos humanos que los veían eran tachados de locos.

La existencia del otro mundo prácticamente se olvidó, y solo se mantuvo viva gracias a la llama de las leyendas, los encuentros fortuitos y el recuerdo de las festividades que vestidas con otros trajes siguieron marcando la importancia de determinados días del año.

Actualmente creemos que no necesitamos la espiritualidad, creemos que solo nos podemos fiar de lo que podemos ver y tocar y olvidamos la importancia de lo intangible, de las fuerzas que nos conectan, de las energías que nos sustentan, de los hilos invisibles que mueven esas «casualidades» con las que el otro lado nos manda sus señales.

Para «ver» todo esto solo hay que silenciar el enorme ruido en el que vivimos ahogados día a día, un ruido que nos ha cegado completamente a ese mundo espiritual que nos rodea y que cada día nos grita de múltiples maneras para que volvamos a recuperar el equilibrio.

Silvia.

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