Tenemos tan integrado el estrés en nuestra vida que ya no somos conscientes que forma parte de nosotros como nuestras manos o nuestro pelo. Pero el estrés es un “parásito” que nos ha colonizado y como un intruso se va alimentando de nuestra resistencia, energía y humor.

A nivel físico y evolutivo el estrés es necesario para la supervivencia, ya que nos permitió en el pasado remoto tener una respuesta inmediata ante un peligro, por ejemplo poder movilizar el cuerpo para la huida en caso de ataque. El problema es que este mecanismo hoy en día lo tenemos demasiado “suelto” y nuestro cuerpo acciona el interruptor del estrés ante estímulos que no son de “vida o muerte”. Llegar tarde, enfrentarnos al tumulto de las horas punta en el transporte público o la carretera, no llegar a “todo”, tener demasiadas tareas en nuestra agenda, recibir la presión y el estrés de nuestros superiores… Todo esto es igual de estresante para nuestro cuerpo que tener a un tigre acechando tras un arbusto, la única diferencia es que en el segundo caso el peligro nos comía inmediatamente y en el primer caso los “peligros” nos van comiendo poco a poco. He dicho “única” diferencia pero en realidad hay otra: en el caso del tigre no podíamos evitar el peligro y la respuesta de nuestro cuerpo, pero en el caso de los detonantes del estrés en la actualidad sí que tenemos poder para controlarlos y actuar sobre ellos.

¿Cómo? Con algo tan simple y tan complicado a la vez como la fórmula: “simplifica tu vida”.

No voy a entrar en detalles de cómo ejecutar esta fórmula, ya que cada uno tiene su vida montada y lo que es válido para mi no va a ser válido para ti, pero lo que quiero que se entienda con este post es que debemos hacer un autoanálisis para ser conscientes de que tenemos estrés en nuestras vidas y que debemos soltarlo para poder ser más libres y mejorar física, mental y espiritualmente.

¿Cómo hacer el autoanálisis? Es muy sencillo, solo tienes que hacerte esta serie de preguntas y si respondes con un sí a más de la mitad de ellas… ¡Felicidades estás estresado!

¿Sientes que te falta el aire, que no llenas completamente tus pulmones? ¿Te cuesta conciliar el sueño y cuando lo haces te despiertas fácilmente? ¿Tienes digestiones pesadas, gases, estreñimiento o barriga suelta? ¿Te enfadas con facilidad? ¿Sientes que te falta la energía, que estás cansado? ¿Has perdido la motivación? ¿Tienes dolor cervical o de cabeza a menudo? ¿Tienes falta de apetito o por el contrario te das atracones? ¿Te sientes triste? ¿Tensas la mandíbula sin darte cuenta?

Estrés

Toda esta serie de síntomas sueltos pueden confundirse con un mal día, un pequeño catarro o nuestra personalidad, síntomas que hemos normalizado (porque todos los sufrimos en mayor o menor grado) e integrado porque la dinámica social nos “exige” llegar a todo, ser perfectos y no parar ni un minuto. Pero toda este conglomerado de síntomas de malestar, de agobio, no es nuestro estado normal, una normalidad que aflora entre los nubarrones cuando estamos de vacaciones y nos sentimos como si hubiera salido el sol tras una tormenta.

Vale, ya hemos identificado y asimilado que vamos estresados por la vida y que ello nos está afectando a nivel físico y mental, ¿cuál es el siguiente paso? Atajar el problema con pequeños cambios que no nos agobien y estresen todavía más.

Os voy a dar una serie de ejemplos, pero ya os digo que aquí cada uno tendrá que hacer autoanálisis dependiendo de cómo sea su rutina.

¿Qué te estresa más? ¿Coger el coche cada mañana para ir al trabajo y soportar los atascos kilométricos? A mi por ejemplo esto me estaba minando mi paciencia y mis energías, soportar los atascos de las 8:00 para entrar en Barcelona me ponía literalmente mala, mi mal humor estaba en cotas estratosféricas y mis reacciones al volante no eran para nada sanas, además llegaba al trabajo de muy mal humor y agotada. ¿Qué hice? Primero identificar que algo no iba bien, y luego algo tan sencillo como optar por el transporte público. Fin del problema. Descubrí no solo que llegaba antes al trabajo, sino que lo hacía ralajada y con un humor “normal”. Conducir estresa muchísimo así que si podéis evitar hacerlo optando por otros medios de transporte no solo contribuiréis a reducir los malos humos atmosféricos, sino vuestros malos humos.

Con este gesto no solo corté de raíz lo que me estaba generando más estrés, sino que de rebote conseguí ahorrar bastante dinero: gasolina y párking, lo que me lleva al siguiente punto.

¿A quién no le agobia ver como la cuenta corriente desciende en caída libre? Los gastos agobian muchísimo y más si tenemos hipoteca o alquiler, hijos a los que llevar al colegio, etc. Evidentemente simplificar según qué cosas es complicado, pero cada uno sabe en qué gasta el dinero y si son vitales esos gastos. Un ejemplo ¿realmente tienes que comprar ropa cada semana o cada mes? ¿Necesitas cambiar tu móvil cada año? ¿Tienes que salir a cenar o ir de copas cada semana? Restringir los gastos innecesarios requiere un autoanálisis profundo y ser muy sinceros con nosotros mismos, ya que prescindir de según qué caprichos puede ser contraproducente y generarnos aún más estrés, por ello recomiendo abordar este punto poco a poco.

¿Tengo una buena alimentación, hago ejercicio? Este punto también es conflictivo, sobre todo el de la buena alimentación, ya que puede que pensemos que lo estamos haciendo bien y no, llevamos una alimentación nefasta, por ello como primer abordaje al tema recomiendo incrementar la ingesta de fruta y verdura, reducir al mínimo los azúcares refinados y optar por una cocina más tradicional, huyendo de los ultraprocesados. Y en relación con el ejercicio también recomiendo ir poco a poco y explorar diferentes actividades hasta dar con aquella que nos motiva y nos gusta, ya que hacer ejercicio “obligados” es nefasto.

Podría seguir con más ejemplos, pero como no quiero alargar más el post solo quiero hacer una última reflexión: simplificar tu vida no va a empobrecerte, sino que va a enriquecerte física y emocionalmente.

Silvia

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